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martes, 18 de septiembre de 2007

Perro (episodio II)




El nombre del perro a la cabeza es Martínez, el negro, nunca baja la cabeza, husmea todo como buscando algún trozo que quede por poner…
En su lugar.

No es altanero su caminar, tiene claridad y sentido, ladra tarde mal y nunca, pero cuando lo hace todo se soluciona en unos segundos, corre ligero, camina ligero, pocas veces se le ve solo. Conoce algo, se le ve en los ojos, tiene una certeza dentro de su bruto corazón, una certeza inigualable a cualquier otra, tiene un fuego en las pupilas que le denota esa certidumbre.

Quien sabe como se comunica con los otros pero lo cierto es que nunca lo he visto pelear con uno de ellos; lo respetan, se cuidan de saber donde camina y que va haciendo mientras avanza. También sienten esa certidumbre, saben que hay algo que va gritando cuando corre bufando por la plaza y las calles del centro, que hay un sentido de inmortalidad en el hecho de que nunca puedan atraparlo, de que nunca haya comido el veneno, ni haya sido atropellado. Hay algo sobrenatural supongo asumen esos perros, esos 12 perros que lo siguen como si fuera un cristo, o un nazareno u otro de esos nombre con que nombran en la iglesia a los elegidos.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Perro (episodio I)



Bastaría que estos perros levantaran enormemente sus cabezas, sus garras y se desmoronaran sobre esas estructuras semiderruidas, bastaría que sin miedo alzaran sus manos contra nuestras cabezas sucias.

Perdón doctor, sus colmillos; inundados colmillos de saliva extrañamente olor a muerte, a cal, a furia terrestre, ira de cielos y gatos atropellados, bastaría con eso. Sus colmillos imprecísamente sucumbiendo en nuestras yugulares, como tiernos retazos de niños divididos, fragmentados, vueltos rompecabeza para que tu y yo podamos mirar las noticias y sentir y creer que todo, pero todo puede ser, puede pero no lo hará, porque tu tienes y yo tengo y ellos tienen .... que creer.

Bastaría que estos perros dejaran letárgicamente su ira clavada ya no en los árboles sino en restos de corazones esparcidos en el suelo, perdón doctor, pero es así, bastaría que se levantaran con esos colmillos feroces, ni parecidos a los nuestros hipócritas, y cobardes.

(susurre) Ahí están doctor, claramente, en la esquina, estirando las patas, abriendo los ojos, levantándose unos a otros con sus narices húmedas, empujándose, los perros. Comienzan a caminar decidídamente, como ningún hombre a caminado jamás. Avanzan lentamente por la tierra suelta que queda en las aceras, entre restos ya casi armados de niños en la esquina, la mirada oscura, los hocicos aun cerrados, lentamente abrirlos, y escuchar sol…….