
Lo primero fue perder la fe
luego su mujer y con ella la soberbia, el dinero, las llaves del auto, de la casa,
todavía no se
establecía un
patrón definido, pero las manos
tenían un extraño temblor y una leve palidez.
Después
perdió la confianza,
en si mismo, algunos pasos, algunos dogmas, un pudor... el crepitar de las hojas le hacia doler la cabeza, hasta que la
perdió; un buen día
perdió los zapatos
también, (
así dejaron de sonar las hojas) con estos cierta certeza interna, un compromiso, la
alegría, el hambre y la sed, sobretodo el deseo, que antes lo
consumía y le daba razón... de ser.
Lo primero en perder fue la fe, pero es difícil precisar realmente, en esto de los límites uno tiende a no fijarse más que en hechos puntuales y no en la gama difusa de actos que rodean al límite y le da razón y coherencia, es decir, el límite sólo es el resultado de una serie pequeña de pérdidas aun más minuciosas, como sus pelos o las uñas, que ya no encontraba cuando como cada fin de semana se
disponía a cortarlas, eso no le
sorprendió entonces. Apenas hay tiempo para fijarse en el crecimiento de las uñas cuando tienes tantas responsabilidades y decisiones que tomar. También por ese entonces
perdió la visión del ojo izquierdo y la cordura, que se iba cayendo lentamente por su bolsillo como si este estuviese roto y la arena que es su cordura se
deshiciera en las calles, se las llevara el viento, fuera a parar a un parque de juegos, una playa, el ojo de una chica con
polera a rayas blanco y negro, o en el mostacho de un serio señor parado en la esquina.
Así es como se van perdiendo las cosas, en la
mayoría de los casos se pierde primero la fe, pero esa pérdida no se llora porque es como si nunca hubiese existido, el hombre se da cuenta semanas más tarde, cuando ya casi esta rodeado por la nada, los bolsillos son apenas bolsillos, y los dedos apenas son dedos y seria fácil confundirlos con cigarrillos o con lapices. A pesar de ya haber perdido la visión, lo último que hace el hombre es cerrar los ojos, como si con esto solucionara algo, como si no bastase con girar la manilla de la puerta para respirar de nuevo el sol, y perderlo a él, al hombre, dejarlo como un pedazo viejo de una enciclopedia que acabamos de quemar, que ya no
queríamos, que ya no nos sirve, que ya no tiene fe.