El nombre del perro a la cabeza es Martínez, el negro, nunca baja la cabeza, husmea todo como buscando algún trozo que quede por poner…
En su lugar.
No es altanero su caminar, tiene claridad y sentido, ladra tarde mal y nunca, pero cuando lo hace todo se soluciona en unos segundos, corre ligero, camina ligero, pocas veces se le ve solo. Conoce algo, se le ve en los ojos, tiene una certeza dentro de su bruto corazón, una certeza inigualable a cualquier otra, tiene un fuego en las pupilas que le denota esa certidumbre.
Quien sabe como se comunica con los otros pero lo cierto es que nunca lo he visto pelear con uno de ellos; lo respetan, se cuidan de saber donde camina y que va haciendo mientras avanza. También sienten esa certidumbre, saben que hay algo que va gritando cuando corre bufando por la plaza y las calles del centro, que hay un sentido de inmortalidad en el hecho de que nunca puedan atraparlo, de que nunca haya comido el veneno, ni haya sido atropellado. Hay algo sobrenatural supongo asumen esos perros, esos 12 perros que lo siguen como si fuera un cristo, o un nazareno u otro de esos nombre con que nombran en la iglesia a los elegidos.